La final de un mundial es uno de los pocos eventos capaces de movilizar a prácticamente todo el planeta. Sin embargo, esta tiene un sabor agridulce.
La final de la Copa Mundial de la FIFA 2026 ha generado muchas preguntas.
Una sanción que ha sido suspendida debido a la presión, en cuestión de días, y sin ofrecer ninguna justificación. La autoridad de los árbitros puesta en cuestión. Insultos racistas dirigidos hacia los jugadores, algunos provenientes de representantes electos. Apuestas por cada pase, cada tarjeta, cada corner.
La fiesta terminará esta noche, pero las preguntas persistirán.
La próxima crisis ya ha comenzado. Tiene dos nombres: dinero y poder.
Ya no se apuesta únicamente por el resultado de un partido, sino también por las acciones que un jugador puede realizar sin que influya en el marcador. Se gana una apuesta haciendo que otros la pierdan. Es una puerta abierta al fraude. Y este Mundial ha abierto aún más esa puerta. Por primera vez, la FIFA cuenta entre sus patrocinadores oficiales con una empresa dedicada a los mercados predictivos, que está presente incluso en los estadios.
La influencia política también se ha trasladado al campo de juego. La suspensión de una sanción en pleno torneo se produjo después de que un jefe de Estado llamara al presidente de la FIFA. Cuando las normas ceden ante la presión, cualquier resultado puede ponerse en duda.
Así que mi propuesta para la FIFA es la siguiente: un tercer tiempo. Un debate constructivo, que comience esta misma noche, para preparar un marco de integridad que aplicar al Mundial 2030.
Se trata de un método que el Consejo de Europa aplica desde hace tiempo.
Cuando en 1985, 39 personas perdieron la vida en el Estadio de Heysel, el Consejo de Europa y sus Estados miembros respondieron en apenas tres meses adoptando un tratado vinculante para garantizar la seguridad de los espectadores. Este marco jurídico se ha reforzado desde entonces y se ha convertido en el Convenio del Consejo de Europa sobre un planteamiento integrado de la seguridad, protección y atención en los partidos de fútbol y otros eventos deportivos. Treinta y nueve Estados lo han firmado.
Cuando el dopaje contaminó el atletismo, redactamos el Convenio contra el dopaje del Consejo de Europa, que a día de hoy es vinculante para cincuenta y dos Estados. Cuando los partidos amañados llegaron a las ligas europeas, aprobamos el Convenio del Consejo de Europa sobre Manipulación de Competiciones Deportivas, firmado por cuarenta y tres Estados, y que sigue siendo el único tratado vinculante que está destinado a luchar contra este fenómeno.
Para cada problema, el Consejo de Europa ha ofrecido una solución jurídica. El Consejo puede aportar los tratados vinculantes, cuarenta y seis Estados miembros y cuatro décadas de experiencia, para transformar las crisis en normas deportivas.
Esta noche, el pitido final concluirá con el torneo. Debería marcar también el comienzo de un tercer tiempo en el que emprendamos las labores urgentes necesarias para reforzar la integridad en el deporte.
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