En septiembre de 1946, Winston Churchill subió al estrado de la Universidad de Zúrich para pronunciar el primero de lo que se convertiría en una serie de discursos que, en muchos sentidos, definieron el panorama europeo tal y como lo conocemos hoy en día. A pesar de haber liderado el Gobierno el Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, no fue un triunfo. La mayor parte del continente yacía en ruinas a causa de los estragos del nazismo, mientras que el telón de acero de la dictadura comunista oscurecía el futuro de los pueblos de Europa Central y Oriental. Churchill fue capaz de ver más allá de los viles odios étnicos y del corrosivo autoritarismo que habían llevado a esa situación. Hizo un llamamiento a la reconciliación.
«Debemos recrear la familia europea en una estructura regional que podría denominarse, por ejemplo, los Estados Unidos de Europa, y el primer paso práctico será constituir un Consejo de Europa. Si, en un primer momento, no todos los Estados de Europa están dispuestos o son capaces de incorporarse a una unión, debemos, no obstante, proceder a reunir y aunar a aquellos que sí estén dispuestos y puedan hacerlo. «La salvación de la gente común de todas las razas y todos los países frente a la guerra y la servidumbre debe asentarse sobre cimientos sólidos y debe forjarse mediante la disposición de todos los hombres y mujeres a morir antes que someterse a la tiranía».
¿Por qué Estrasburgo?
En apenas unos años, aquella visión había empezado a hacerse realidad. Estrasburgo fue elegida como sede del nuevo Consejo de Europa, símbolo de reconciliación: la ciudad y la región habían sido objeto de disputas desde la Edad Media entre diversas potencias europeas, entre las que se encontraban, en última instancia, Francia y Alemania durante las grandes guerras del siglo XX. En el decenio anterior, Alsacia había quedado marcada por la dictadura, por la violencia y la tortura generalizadas, por la devastación que el Holocausto judío causó en sus comunidades y por los brutales bombardeos y combates.
La visión de Churchill se hizo realidad. Para evitar que se repitieran los horrores de la primera mitad del siglo en Europa —para decir «nunca más»—, los países europeos se comprometerían no solo a la cooperación y la unidad, sino también a la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho. A pesar de los contratiempos —en particular los ataques rusos contra Ucrania y Georgia y la ocupación de parte de Moldavia—, esta visión ha tenido, en general, un gran éxito. Gracias a las normas que establece el Consejo de Europa, los europeos gozan de mayor libertad, mejor salud y mayor prosperidad que en cualquier otro momento de la historia.
Esto ha supuesto una transformación para lugares asolados por siglos de conflictos, como Alsacia. En reconocimiento al logro de Churchill de encaminar al Viejo Continente por un nuevo rumbo, la ciudad de Estrasburgo ha homenajeado al ex primer ministro británico de diversas formas, entre las que destacan la plaza Winston Churchill, el puente Winston Churchill e incluso una parada de tranvía que lleva el nombre de este gran hombre.
En 1949, Winston Churchill se dirigió a una enorme multitud en la plaza Kléber de Estrasburgo. Abrió su intervención con ingenio, diciendo: «Ármense de valor: voy a hablar en francés». Su conclusión, sin embargo, fue un mensaje de esperanza que sigue siendo pertinente hoy en día:
«Los peligros que nos acechan son grandes, pero nuestra fuerza también lo es. No hay ninguna razón por la que no podamos alcanzar este objetivo de establecer las estructuras de esta Europa unida, cuyos principios morales se ganarán el respeto y el reconocimiento de la humanidad».

